La madrugada del 11 de septiembre de 1876, la joven ciudad de Fort Worth, Texas, vio su sueño interrumpido por dos inusuales eventos: el primero, un fuerte y ensordecedor estallido; el segundo, una inesperada lluvia de metales retorcidos y otros objetos chamuscados.
Meses antes de la aparición de estos extraños eventos, que estremecieron a los habitantes de Fort Worth, un joven y fantasioso hombrecillo llegó a la ciudad. Su nombre era William S. Arnold y decía ser pariente de uno de los fundadores de la comunidad. De hecho, su tío, Ripley A. Arnold, por ordenes del mismísimo William S. Harney, había iniciado la construcción de un fuerte a orillas del río Trinity, lo que terminaría constituyendo la novel ciudad de Forth Worth.
Como es posible ver, William S. Arnold había nacido en el seno de una familiar militar. De hecho, la milicia era su vocación, su ideal e incluso hasta su sueño. William soñaba con volverse un soldado de alto rango, quizá un general, y combatir a quién osara mancillar su preciada tierra. Desgraciadamente, William era demasiado bajo de estatura y tenía una mal formación en una de sus piernas, lo que le impedía moverse fácilmente. A pesar de que estaba impedido para las acciones más elementales en el ejército, la desilusión nunca lo embargó. Al contrario, estudiaba estrategias militares durante largas horas en hoscos e interminables libros. Logró graduarse con méritos de la Academia militar y consiguió una beca para continuar sus estudios en Francia.
William decía que –ademas de la milicia, la cuál era sin duda su vocación- tenía dos hobbys: el primero eran las armas militares; y el segundo, la literatura francesa. Del primero es posible decir que William era un genio en balística y armas de fuego en general. Le apasionaban los cañones y el olor de la pólvora, por lo que creaba sus propios diseños de artillería y experimentaba con diferentes combinaciones químicas para lograr el mejor “boom”. Del segundo no cabe más que mencionar que, durante su estancia en Francia, William leyó cuanto pudo de la literatura francesa, desde Rabelais hasta el movimiento realista de Honoré de Balzac. Sin embargo, de entre todos los libros a los cuales tuvo acceso durante sus estudios, no hubo otro que le impresionara más que una novela de Julio Verne llamada De la Tierra a la Luna (De la Terre à la Lune).
William amaba ese libro. Lo leía y lo releía constantemente hasta llegar a memorizar ciertos pasajes de la novela. Le parecía impresionante la astucia de Verne para imaginar un escenario donde el viaje a otros mundos fuera posible. Inclusive le parecía graciosas las similitudes entre él y el protagonista, Impey Barbicane. Un buen día, mientras sostenía el libro entre sus manos, se le ocurrió una idea: diseñar un cañón como el Columbiad y viajar a la luna. Pasó los meses siguientes elaborando los diseño y, cuando estuvo terminado, viajó a Fort Worth para iniciar su obra.
Cuando William llegó a la ciudad, inició la construcción de su enorme cañón. Reclutó varios trabajadores y recaudó dinero suficiente para la obra. Durante meses, los obreros estuvieron trabajando horas excesivas en la construcción del cañón y también del proyectil donde William viajaría, hasta llevar esta obra a su fin.
William había decidido que el lanzamiento fuera a la media noche, ya que así podría tener mejor visión de donde se encontraba la Luna y no errar en el blanco. Había elaborado una mezcla altamente explosiva de pólvora para lograr el impulso necesario. Esta mezcla era de mayor potencia que las mezclas normales ya que él temía que, como había ocurrido en la historia de Julio Verne, el proyectil quedara orbitando el satélite y nunca llegara a pisar el suelo lunar. Por lo tanto, la pólvora utilizada debería darle esa fuerza extra para completar el viaje.
Llegó el día indicado –o mejor dicho, la noche indicada-. William veía al cielo con furor. En su mente, rehacía los cálculos para no errar en ningún detalle; en sus manos, sostenía libro de Verne con cariño y pasión. William subió al proyectil; encendieron la mecha y el cañón hizo un hermoso “boom”.
La mañana del 11 de septiembre de 1876, los habitantes de Fort Worth la pasaron limpiando los escombros de lo que parecía una gran explosión. Fierros retorcidos se mezclaban con otros objectos chamuscados y aún en llamas. Un hombre encontró, entre tanta basura, una edición en francés de De la Tierra a la Luna. Desde ese día, el evento fue recordado como la primera lluvia de escombros en Norteamérica.
–Alejandro Ramírez





