Aferrado a sus miedos e inquietudes mundanas,
a todas esas pequeñas certidumbres petrificadas,
el hombre mantenía al canario magenta en
una jaula dorada.
Sometiendo al ave a su potencia y bondad, el hombre
era el universo para aquella pequeña criatura.
Un día, el vacío inocuo de su rutina incitó al hombre
a la aventura,
dejando abierta la compuerta de libertad al
insignificante ser.
El ave emprendió una violenta huida, dejando lejos
un amor domesticado que por
su naturaleza no debía ser.
Sólo, y con la mirada fija en el cielo, el hombre
sentía por vez primera,con una
extraña tristeza,
el amargo placer de dejar ir.
–Mario Orospe
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