En 1215, el renombrado ladrón napolitano, Giuseppe Aniello, fue capturado cuando se le vio salir de Roma y, consecuentemente, quemado en la hoguera. Giuseppe es recordado no sólo por los múltiples crímenes, chantajes y demás atrocidades que cometió en vida, sino también por suplantar la identidad de Giovanni di Bernardone, también conocido como San Francisco de Asís.
En los primeros años del nuevo siglo, Giuseppe y su cómplice Tomasso Galasso eran buscados por las autoridades napolitanos por extorsión y asesinato de uno de los principales herederos al Principado de Capua. Temiendo la muerte por sus crímenes, Giuseppe y Tomasso huyeron a la localidad de Asís para despistar a sus perseguidores. Al llegar al pueblo, mientras buscaban una posada donde hospedarse, se encontraron con un grupo de frailes, pobremente vestidos, que ayudaban a los leprosos y cuidaban a los enfermos. Esa noche, Giuseppe preguntó al posadero por aquellos frailes. Sonriendo, el posadero le dijo que aquellos frailes, que solían reunirse en la plaza para curar y alimentar a los necesitados, pertenecían a una orden que había fundado un joven profeta que se hacía llamar Francisco. Después de escuchar atentamente la explicación, una compleja idea surcó su idea. Esa noche, Giuseppe estuvo pensando y repensando un plan que podía, a la larga, traerle bastantes beneficios.
A la mañana siguiente, Giuseppe le dijo a Tomasso que era tiempo de separase y buscar cada quien por su lado lo que mejor conviniera. Tomasso no podía creer lo que escuchaba, por lo que pidió una explicación. Entonces, Giuseppe le explicó que pretendía hacerse pasar por aquel joven profeta para huir y esconderse de sus perseguidores y, una vez que todo se apaciguara, seguir con su vida de fechorías. Tomasso no tuvo más que aceptar la decisión de Giuseppe de mala gana. Al atardecer, el ladrón napolitano se unió a la orden de los franciscanos para observar con mayor detalle al susodicho Francisco.
Giuseppe sabía que las autoridades napolitanas buscarían a un criminal, a un ser desalmado, por doquiera que fueran. Él sabía que necesitaba ocultar esa maldad bajo el disfraz de un hombre bueno y piadoso. Por lo tanto, Giussepe Aniello debía transformarse en Francisco de Asís. Pero esto implicaba que no sólo debía imitar los ademanes y gustos de aquel muchacho, sino que debía convertirse totalmente en Francisco de Asís. Tomar sus gustos, sus ropas, sus acciones, sus recuerdos y memorias, su historia y hacerlos propios. Giuseppe se deshizo de sus caros ropajes y los cambio por harapos; dejó de beber, apostar e insultar a la gente y los cambio por la vida ascética y austera. Cambió su nombre, sus memorias y prejuicios, sus deseos y metas. Fue tal el cambio, que algunos aseguran que en su cuerpo aparecieron estigmas tal y como los que había en el cuerpo del santo.
Tras el nombre de Francisco de Asís, Giuseppe mendigó por Italia, España y África. Trayendo milagros y transformando a los corrompidos.
Durante este tiempo, las autoridades napolitanos habían buscado, sin éxito, el paradero de Giuseppe. Para hacer más efectiva la búsqueda, ofrecieron una gran cantidad de dinero a cualquiera que pudiera dar detalle alguno del paradero del criminal. En 1215, un poco escaso de dinero, Tomasso visitaba Roma cuando se enteró que Francisco de Asís estaba en la ciudad para participar en el cuarto Concilio de Letrán. De inmediato, recordó el plan que Giuseppe le había confesado años atrás: hacerse pasar por el joven Francisco. Inmediatamente, comunicó a las autoridades romanas el paradero del criminal napolitano y éstas, al momento, se movilizaron para lograr su captura.
En 1215, el renombrado ladrón napolitano, Giuseppe Aniello, fue capturado cuando se le vio salir de Roma. El criminal vestía harapos y respondía al nombre de Francisco de Asís. Las autoridades lo encontraron culpable y fue condenado a la hoguera. Mientras lo transportaban, la gente en verdad dudaba si la persona en frente de ellos era el susodicho criminal o un austero y encomendado frailecillo. Al atardecer, le prendieron fuego. Hoy en día, la gente aún duda si el que pereció en la hoguera fue Giuseppe o quizá… sólo quizá… Francisco de Asís.
–Alejandro Ramírez






