VI. El doble de San Francisco

En 1215, el renombrado ladrón napolitano, Giuseppe Aniello, fue capturado cuando se le vio salir de Roma y, consecuentemente, quemado en la hoguera. Giuseppe es recordado no sólo por los múltiples crímenes, chantajes y demás atrocidades que cometió en vida, sino también por suplantar la identidad de Giovanni di Bernardone, también conocido como San Francisco de Asís.

En los primeros años del nuevo siglo, Giuseppe y su cómplice Tomasso Galasso eran buscados por las autoridades napolitanos por extorsión y asesinato de uno de los principales herederos al Principado de Capua. Temiendo la muerte por sus crímenes, Giuseppe y Tomasso huyeron a la localidad de Asís para despistar a sus perseguidores. Al llegar al pueblo, mientras buscaban una posada donde hospedarse, se encontraron con un grupo de frailes, pobremente vestidos, que ayudaban a los leprosos y cuidaban a los enfermos. Esa noche, Giuseppe preguntó al posadero por aquellos frailes. Sonriendo, el posadero le dijo que aquellos frailes, que solían reunirse en la plaza para curar y alimentar a los necesitados,  pertenecían a una orden que había fundado un joven profeta que se hacía llamar Francisco. Después de escuchar atentamente la explicación, una compleja idea surcó su idea. Esa noche, Giuseppe estuvo pensando y repensando un plan que podía, a la larga, traerle bastantes beneficios.

A la mañana siguiente, Giuseppe le dijo a Tomasso que era tiempo de separase y buscar cada quien por su lado lo que mejor conviniera. Tomasso no podía creer lo que escuchaba, por lo que pidió una explicación. Entonces, Giuseppe le explicó que pretendía hacerse pasar por aquel joven profeta para huir y esconderse de sus perseguidores y, una vez que todo se apaciguara, seguir con su vida de fechorías. Tomasso no tuvo más que aceptar la decisión de Giuseppe de mala gana. Al atardecer, el ladrón napolitano se unió a la orden de los franciscanos para observar con mayor detalle al susodicho Francisco.

Giuseppe sabía que las autoridades napolitanas buscarían a un criminal, a un ser desalmado, por doquiera que fueran. Él sabía que necesitaba ocultar esa maldad bajo el disfraz de un hombre bueno y piadoso. Por lo tanto, Giussepe Aniello debía transformarse en Francisco de Asís. Pero esto implicaba que no sólo debía imitar los ademanes y gustos de aquel muchacho, sino que debía convertirse totalmente en Francisco de Asís. Tomar sus gustos, sus ropas, sus acciones, sus recuerdos y memorias, su historia y hacerlos propios. Giuseppe se deshizo de sus caros ropajes y los cambio por harapos; dejó de beber, apostar e insultar a la gente y los cambio por la vida ascética y austera. Cambió su nombre, sus memorias y prejuicios, sus deseos y metas. Fue tal el cambio, que algunos aseguran que en su cuerpo aparecieron estigmas tal y como los que había en el cuerpo del santo.

Tras el nombre de Francisco de Asís, Giuseppe mendigó por Italia, España y África. Trayendo milagros  y transformando a los corrompidos.

Durante este tiempo, las autoridades napolitanos habían buscado, sin éxito, el paradero de Giuseppe. Para hacer más efectiva la búsqueda, ofrecieron una gran cantidad de dinero a cualquiera que pudiera dar detalle alguno del paradero del criminal. En 1215, un poco escaso de dinero, Tomasso visitaba Roma cuando se enteró que Francisco de Asís estaba en la ciudad para participar en el cuarto Concilio de Letrán. De inmediato, recordó el plan que Giuseppe le había confesado años atrás: hacerse pasar por el joven Francisco. Inmediatamente, comunicó a las autoridades romanas el paradero del criminal napolitano y éstas, al momento, se movilizaron para lograr su captura.

En 1215, el renombrado ladrón napolitano, Giuseppe Aniello, fue capturado cuando se le vio salir de Roma. El criminal vestía harapos y respondía al nombre de Francisco de Asís. Las autoridades lo encontraron culpable y fue condenado a la hoguera. Mientras lo transportaban, la gente en verdad dudaba si la persona en frente de ellos era el susodicho criminal o un austero y encomendado frailecillo. Al atardecer, le prendieron fuego. Hoy en día, la gente aún duda si el que pereció en la hoguera fue Giuseppe o quizá… sólo quizá… Francisco de Asís.

–Alejandro Ramírez

V. Eratóstenes y la Luna

Algunas veces el poder puede opacar el camino del conocimiento. Según cuentan, un día Filipo V de Macedonia, heredero de la dinastía Antigónida, mando llamar a su corte a Eratóstenes, quién por aquél entonces era considerado uno de los más importantes matemáticos y geómetras de Grecia. Filipo V era un impetuoso y joven monarca que no pasaba de los 30 años, mientras que Eratóstenes era un sabio y maduro matemático versado en las enseñanzas de Aristón de Quíos. El motivo de la visita era sencillo: el monarca de Macedonia quería demostrar que tan inteligente era el sabio y divertirse en el intento. Por tanto, ideó una serie de pruebas para retar su conocimiento.

Cuando Eratósteness se presentó ante el joven rey, él le explicó el motivo de su visita. Eratóstenes estaba dubitativo, pero, confiando en el poder del conocimiento, aceptó el reto. Dado esto, Filipo mando llamar a uno de sus soldados. Ante los ojos del matemático apareció un hombre descomunal y alto que sólo vestía una larga toga. Al entrar al palacio, Eratóstenes se dio cuenta de que el gigante caminaba con dificultad y que cada paso retumbaba en las paredes. Entonces, Filipo le exigió al matemático que midiera la altura real del hombre sin utilizar directamente ningún tipo de medida, eso implicaba que no podía usar regla o tomar medida directa del cuerpo del soldado. El gigante y el matemático salieron del palacio. Afuera, el sabio ordenó al gigante que caminara sobre tierra y luego que caminara sobre la arena de una playa cercana. Al caminar sobre la arena, el matemático se dio cuenta de que el soldado usaba unos largos y pesado zancos de madera, los cuales se hundían por el peso. Con ello dedujo que los zancos medían aproximadamente un codo, es decir, 52.4 cm. Al caminar sobre la tierra, el matemático midió la zancada del soldado, de donde pudo deducir –por trigonometría- su altura, la cual era de 3 codos aproximadamente (1.58 m). Eratóstenes se acercó ante el monarca y le dijo que la altura real del soldado era de 4 codos, utilizando zancos. Filipo aplaudió su inteligencia.

En su segunda prueba, Filipo ordenó a Eratóstenes que midiera la altura de su palacio, sin aplicar mediciones directas al edificio. Eratóstenes salió del palacio. Miró al cielo y vio que el sol estaba en su punto más alto. Pacientemente espero durante cinco horas. Durante este tiempo, la sombra que proyectaba el palacio había crecido poco a poco en proporción del grado de inclinación entre el sol y la tierra. Después de cinco horas, esa inclinación era de 45 grados, lo que significaba que la medida de la sombre era igual a la altura real del edificio. Acto siguiente, Eratóstenes midió la sombra del palacio y dio sus resultados a Filipo. El rey saltaba de alegría por tal ingenio.

En su tercera prueba –creyéndola imposible de realizar- Filipo exigió que el geómetra midiera la circunferencia de la tierra. Eratóstenes enmudeció, pensó profundamente y luego pidió tiempo al monarca para tal proeza. El rey aceptó. Para medir la circunferencia de la tierra, Eratóstenes recordó que, en un papiro de la biblioteca de Alejandría, había leído que en Siena, una ciudad ubicada en Egipto, el día de solsticio los objetos no proyectan sombra alguna. Eso significaba que el día de solsticio Siena estaba ubicada directamente bajo el sol. Lo importante de Siena era que estaba aparentemente alineada con otra ciudad: Alejandría. Él recordaba que, cuando trabajaba en la biblioteca de Alejandría, había medido la sombra que proyectaban los objetos durante el solsticio. Teniendo esto en cuenta, pudo deducir el grado de inclinación entre las ciudades. Eratóstenes se presentó ante Filipo y le dijo que la circunferencia terrestre era de 252 000 estadios (aproximadamente 39 614.2 Km) y explicó su método. Filipo no dijo nada. Su semblante era serio, parecía que el matemático había ganado la partida. El monarca se levantó y le dijo que quedaba una prueba más y, si lograba completarla, sería el mayor matemático de la historia. Eratóstenes aceptó.

En su última prueba, Filipo encomendó a Eratóstenes medir la circunferencia de la Luna. Eratóstenes emblanqueció. Un frío terrible recorría su piel. ¿La Luna? ¿Cómo medir algo tan incierto como la Luna misma? Eratóstenes respiró, meditó y exigió al rey aún más tiempo del que había pedido con anterioridad. El rey aceptó. Eratóstenes salió del palacio. Era una clara y prístina noche. La Luna llena alumbraba en lo alto. Viendo esto, pensó que la Luna debería estar muy lejos de la Tierra, porque, por doquiera que caminara, la Luna siempre estaba ahí. Podía caminar unos cuantos estadios y darse cuenta que las montañas desaparecían de su vista, pero la Luna seguía ahí. Luego, agarró una roca y la lanzó al cielo. La piedra se perdía en la noche y luego caía dejando un estrepitoso sonido. La Luna debería ser lo suficientemente grande para no perderse en la noche y seguir iluminando con su pálido resplandor. Debería estar sujeta al cielo, pero al mismo tiempo, moverse con libertad por la cúpula celeste. Debería ser grande, pero no tan grande como la Tierra, ni el Sol.

Después de varios días de cálculos y análisis, Eratóstenes se presentó ante Filipo. Su semblante era serio, pero había un destello de decisión en sus ojos. Respiró y dijo: “la luna mide un cuarto del diámetro terrestre”. Filipo sonrió, carcajeó e hizo mofa de lo que había dicho el matemático. Con lágrimas de éxtasis, el rey le contestó a Eratóstenes: “Tú, el más brillante de los sabios de tu época, te atreves a decir tal brutalidad. ¿Acaso estás ciego?” Lo tomó del brazo y juntos salieron del palacio. Era una noche clara y sin nubes, y en lo alto la Luna brillaba melancólicamente. “Si ves al cielo” dijo el monarca “la Luna se ve pequeña y brillante como una reluciente perla. Si alzas tu mano, podrás darte cuenta que la Luna cabe entre tu dedo indice y tu dedo pulgar, y que no es mayor a ninguna de las uñas de mis dedos. Eratóstenes, ¿cómo pudiste cometer tal equivocación?” Después de reírse, Filipo llamó a sus soldados y exigió que encarcelaran a Eratóstenes por tratar de engañar al rey.

–Alejandro Ramírez

Repostería bolchevique

A casi 20 años de la caida del régimen comunista el cuerpo de Lenin aún permanece como uno de los principales símbolos de Rusia. Su cuerpo fue embalsamado tras su muerte en 1924 y expuesto en la Plaza Roja de Moscú.

En la era comunista era poco menos que un centro de peregrinaje, pero en la actualidad es una más de las atracciones turísticas. Y si el Partido Comunista ha perdido adeptos en todo el mundo, no es el caso de los restos de Lenin, que siguen llamando la atención de los visitantes.

En 1998, los artistas Yuri Shavelnikov y Fesenko junto a un equipo de chefs — con la finalidad de representar la transformación que ha tenido lugar en Rusia desde la caída de la Unión Soviética— hornearon una creación pastelera con varias capas de inspiración comunista que asemeja el cuerpo de Lenin embalsamado.

Extensión: 2 metros. Peso: 50 kilogramos.

Al parecer, los rusos pueden visitar a Lenin y comérselo también.

Fuente: http://edition.cnn.com/

Imágenes: Coffee with your slice of Lenin?

— MVR

IV. La Ley Nankín

Después de expulsar al antiguo emperador (Huizong Yuan), Zhu Yuanzhang inició una dramática reconstrucción (territorial y legal) de China. Antes de Zhu, China estaba bajo el control de las tropas mongoles de la Dinastía Yuan, quienes tenían el dominio del país desde los tiempos de Kublai Kan. En 1360, la dinastía Yuan sufre un fuerte golpe al enfrentarse al ejercito comandado por un poderoso líder campesino:  Zhu Yuanzhang. Finalmente, tras largas y antagónicas batallas, Zhu se convierte en el primer emperador de la dinastía Ming, en 1368.

Desde joven, Zhu había sido educado por la secta budista del Loto Blanco. Basándose en estas enseñanzas, al logar el control de China, decide redactar una ley, la cual pretendía borrar completamente de la memoria de su pueblo toda huella de la dinastía mongol. A esta ley se le conoce como Ley Nankín (Da Nanjing Lu).

La Ley Nankín tenía como premisa borrar la memoria de su pueblo. Para lograr tal efecto, Zhu ordena quemar todos los libros y manuscritos escritos antes de su mandato. Obras como el Shu Ching (Libro de la Historia), el Shih Ching (Libro de la Poesía), y otros clásicos confucianos perecen entre las llamas. Viendo que no era suficiente, el emperador manda reescribir la historia de China, nombrando historiadores y artistas para generar la transformación. Sin embargo, ante los ojos de Zhu, esto no era suficiente. Por lo que decide borrar los recuerdos de su gente.

Utilizando la Ley Nankín como apoyo, Zhu exige a toda su gente borrar sus memorias de la Dinastía Yuan; eliminar todo vestigio de los mongoles en su cabeza so pena de ser encarcelados o lapidados. En un principio, la gente no sabía como lograr tal obra, y el miedo a morir crecía día con día. Algunos empezaron por borrar el nombre Huizong Yuan de sus cabezas. Otros sustituían su nombre con otro objeto, diciendo: “Escuchaste sobre el emperador tomate” “La calabaza fue expulsada de China” o “¿Recuerdas aquel emperador cuyo nombre no recuerdo?”.

Los más audaces no sólo eliminaban el nombre del emperador, sino también los días que habían vivido durante su gobierno. Empezaban olvidando lo que habían hecho el día anterior a la toma de Zhu Yuanzhang. Si habían ido a pescar ese día, lo olvidaban por completo. Si habían decidido ir a Pekín a comprar provisiones, lo olvidaban. Si habían contraído nupcias o recibido una herencia, lo eliminaban de su memoria. Poco a poco, la gente se deshacía de recuerdos: al principio relacionados con el antiguo emperador; después sólo por olvidar.

La gente eliminaba de su mente la historia de China y las fechas y personajes que la componen. Se deshacían de las memorias familiares, de las genealogías y raíces. La gente olvidaba días; olvidaba lugares y momentos de antaño; incluso olvidaba personas, nombres, sonidos, olores, sentimientos. En ese entonces, China estaba poblada de personas que se dedicaban a olvidar.

Temiendo que su Imperio se llenara de personas sin recuerdos, ni memorias, Zhu decidió abolir la Ley Nankín y ordenó al instante restaurar las memorias. Sin embargo, como nadie recordaba y todos lo libros históricos se habían vuelto ceniza, Zhu exigió crear nuevas memorias (so pena de muerte) y con ello reescribir la historia misma del país. Así, basados en su propia imaginación, y el temor al castigo, la gente, historiadores y artistas de la dinastía Ming volvieron a reescribir la historia de China. De esta manera, Zhu Yuanzhang salvó a su Imperio del olvido.

— Alejandro Ramírez

Paisaje Sonoro (parte 1)

Sin ahondar demasiado en el tema, porque es suficiente para escribir libros enteros (mismos que con honestidad y respeto le dejo a los positivamente monstruos del sonido) hoy tocaremos el tema absolutamente necesario del paisaje sonoro.

  1. Hace muchos años fui a visitar a mi amigo Gabriel que entonces vivía en la colonia Narvarte de la Cuidad de México. Al llegar como era de esperarse toqué el timbre, acto seguido un señor de avanzada edad acompañado de su chilpayate se soltó con alevoso estruendo a tocar bombo y clarinete, el hijo trompeta. Esperé lo peor, la situación era muy clara, nadie me abriría la puerta hasta que el sonido de la decadente tambora de dos personas desapareciera del horizonte sonoro.
  2. Mi adorado padre es un melancólico a veces de closet y a veces se le nota a los cuatro vientos. Su melancolía positiva está tremendamente ligada a los usos y costumbres, yo padezco del mismo fenómeno, tal vez por herencia. Cuando el señor de los camotes gira la perilla de su caldera sobre ruedas y la regurgitante máquina escupe el vapor que cocina los camotes y platanos al atardecer, el silbido quejoso de tal artefacto nos inunda de una nostalgia que se vuelca sobre los límites de lo desconocido. Es el sabor de un día que se apaga, el filo de la tarde que marca el inicio de la noche de la ciudad que nunca duerme, pero que cambia de hábitos entre el día y la noche.
  3. Hay un pájaro que para los afines a las aves será familiar en su forma y que para muchos es desconocido. Pero todos lo hemos escuchado. Cuando estás en algún sitio de la zona central de México donde hay un poco de campo abierto, siempre llega a tus oídos, cruzando la reverberación del día un clamor omnipresente: uhh, uhh… uhh, uhh… uhh, uhh… Un buen día la señorita Karen no pudo más con este canto y soltó unas buenas groserías, la razón: nunca sabes de donde viene, pero inhunda tus oídos siempre.
  4. Todos los que hemos vivido las ventajas y desventajas de habitar una ciudad de dimensiones monstruosas conocemos la experiencia de abrir la ventana durante la noche y escuchar el rumor interminable de la urbe, ese ruido que se asemeja a una ola que nunca cae, sostenida en su rompimiento: ggggggggggggggggggggggggggrrr… Tal ruido imprime la sensación de que hay algo vivo afuera que se revuelca sobre sí mismo y que dentro de nuestro refugio urbano podemos escuchar en la distancia.

En estos cotidianos ejemplos podemos ver que nuestra vida está marcada, no más ni menos que por los sonidos que vivimos a diario al igual que las cosas que los producen. Algunas estarán claras y definidas, otras se sumergen en nuestra mente y no los reconocemos en primer plano. Algunos ni siquiera los pensamos, pero ahí están. Construyen junto con los elementos visuales, olfativos y gustativos, junto con la temperatura y otros tantos artilugios de la percepción, un entorno completo. Nuestro paisaje.

Pues bien el paisaje sonoro es esa serie (a veces abundante, a veces saturada, a veces sencilla, pocas veces mínima en estos días) de elementos sónicos que se mezclan y construyen nuestro entorno auditivo. La información que obtenemos de esto es mayor de lo que estamos acostumbrados a percibir de manera consciente, pero nos marca el ritmo, nos informa las horas del día, nos hace saber o sentir seguridad o peligro, nos dispara recuerdos y nos afecta físicamente.

En la segunda parte de este post abundaré sobre el paisaje sonoro y nombraré algunos de sus componentes. Mientras tanto dejo a sus oídos el siguiente ejercicio (sin la menor intención de que les suene a libro de texto gratuito de primaria):

Si escuchas música apágala un momento.

Escucha con atención, a primera oreja tal vez percibas silencio, pero eso es prácticamente imposible.

  • ¿Qué elementos componen los sonidos que escuchas?
  • ¿Cuántas capas puedes encontrar?
  • ¿Cómo cambia este a través del tiempo?
  • ¿Qué le hace a tu mente o a tu corazón?
  • ¿Cómo define tu espacio?

Al darte cuenta de todo esto serás más consciente del paisaje sonoro que te rodea y de cómo se entrelaza en tu vida. Entiéndelo y piénsalo, valóralo, este cambia segundo a segundo y, por muy parecido que sea un día de otro, nunca, nunca es el mismo. Todos los días te enfrentas con un nuevo mundo sonoro.

-Victor Pérez-Rul

III. La carta de Alfonso de Albuquerque

En Commentarios do grande Alfonso Dalboquerque (1774), Braz de Albuquerque ensalza el virtuoso ingenio que tenía el conquistador Alfonso de Albuquerque en la composición de cartas. Durante el siglo XVI, Portugal, bajo el reinado de Juan II de Avis y Manuel I, inicia la expansión de sus conquistas marítimas, siguiendo el ejemplo de los Reyes Católicos. Con este fin, Alfonso de Albuquerque y Tristan da Cunha fueron encomendados para llevar a cabo la empresa de expedición, conquista e instauración de las colonias portuguesas en Asia. En 1509, Albuquerque se convierte en gobernador del Estado de India e inicia conversaciones con el sultán de Malacca. Logrando, en 1511, anexar esta pequeña región a la corona de Portugal.

Durante su estancia en Malacca, según se encuentra archivado en el panegírico, Alfonso de Albuquerque redacta una carta al entonces rey de Portugal, Manuel I, donde describe, entre otras cosas, las costumbres y tradiciones de la región. En su carta, Albuquerque menciona algo singular, basado en los testimonios que pudo recoger de los nativos. Escondidos en el bosque, había dos pueblos conformados por escurridizos habitantes: laki-laki dengan waktu y laki-laki tampa waktu. Y aunque nunca tuvo contacto con ellos, Albuquerque los dividió, de forma práctica, en dos etnias: los que no tienen percepción del tiempo (aqueles que não percebem o tempo) y los que podían percibirlo (aqueles que percebem o tempo).

Según Albuquerque, el laki-laki tanpa waktu –literalmente, hombre que no percibe el tiempo- es un individuo incapaz de detectar la mudanza del tiempo a su alrededor. En esencia, estas personas viven sin conocer el paso del tiempo. Caminan por la selva sin percatarse del cambio de las cosas, creyendo que el follaje, los animales y el ruido que emiten es siempre el mismo. Su andar es tranquilo, pausado, cortado. Basado en los testimonios que recolectó, Albuquerque dice que los que no perciben el tiempo viven en un interminable instante; que los años son días; que los meses son horas y que los días sólo se cifran en metáforas de una idea: en el sobresalto causado por  un sonido desconocido; o en el mutismo  que produce admirar el verdor del follaje en una tarde clara y plomiza. En resumen, viven sin tiempo; viven sin presenciar la degradación del tiempo en su piel, en su caminar, en su hablar o en sus pensamientos. Por correspondencia, son inmortales e imperecederos. Según Albuquerque, quienes los han visto dicen que lucen como personas comunes y corrientes; similares a cualquier otro paseante que podrías encontrarte en una vereda, a la sombra de una alta palmera, o en las márgenes de una laguna inmemorial. Sólo que al verle a los ojos, descubres un destello de ausencia. Indicio, quizá, de que no advierten tu presencia; que se hayan absortos en un tiempo único para ellos e inaccesible para nosotros.

A diferencia del laki-laki tanpa waktu, el laki-laki dengan waktu percibe el tiempo en su totalidad. Aún más, Albuquerque sugiere que son capaces de percibir cada ramificación que compone el tiempo mismo. En este sentido, para ellos, el presente, el pasado y el futuro forman una rica tela multicolor, cuyos finos hilos corresponden cada una de nuestras divisiones temporales: horas, días, meses… etc. A primera vista, esto significaría que entienden el tiempo como nosotros. Pero no es así. Ellos pueden ver la materia de la que está compuesta un minuto y, al mismo tiempo, definir la de el minuto que le antecede y el minuto que le precede. Pueden ver el cambio y la transición en el cuerpo de los objetos circundantes y testificar su vago paso en la historia del mundo. Los que perciben el tiempo viven entre los intersticios temporales: escondidos entre los segundos que toma la secuencia de un pestañeo, o la caída de una gota de agua. Prefieren la monotonía de un instante y saben que no hay, en toda la historia del mundo, otro instante como el que están viviendo. En otras palabras, prefieren la seguridad de un tiempo que conocen y rehúsan vivir más momentos, porque ello les tomaría más vidas. Tal y como escribe Albuquerque, es imposible verlos, porque siempre están escondidos entre instantes. De tal manera que te tomaría un instante del instante para poder sorprenderlos en el instante en el que se encuentran.

Albuquerque termina su carta recomendando a Manuel I evitar encontrarse con este tipo de personas, puesto que asegura que ninguno (laki-laki tanpa waktu o laki-laki dengan waktu) entendería la grandeza de un tiempo como el que la Corona portuguesa deseaba formar.

-Alejandro Ramírez

Entrevista con Pablo Helguera

Cables luminosos, esculturas realizadas con gomas de mascar, palillos chinos arrojados sobre el piso, son algunos ejemplos de obras que se pueden encontrar actualmente en museos y galerías de todo el mundo .  Según el editor de ArtForum, “95% del Arte Contemporáneo no puede ser tomado en serio”. Si consideramos este argumento como cierto, se puede abrir a discusión la validez y el sustento teórico de muchas de estas piezas que son consideradas como Arte. El artista Pablo Helguera analiza cómo este tipo de obras logran su reconocimiento a partir de la crítica aguda y sin celosías que caracterizan su trabajo.

En el 2005, Helguera publica “Manual de estilo del arte contemporáneo”, lo que podría considerarse una guía para sobresalir en el mundo artístico. Después de leer esta sátira del mundo del arte, incluso el más ingenuo principiante tendrá la oportunidad de lucir su sofisticación artística en inauguraciones y profundos debates sobre estética y filosofía. El lector estará listo para comentar sobre las últimas tendencias en teoría del arte, desde Deleuze hasta relecturas lacanianas, pasando por Michel Foucault y sus conceptos más famosos.

El manual incluye  un glosario con los términos más empleados en el mundo del arte, por ejemplo, “Lúdico: Frase utilizada para justificar un performance increíblemente aburrido: “Fue muy lúdico” .


También hace sugerencias a curadores, “Al curador se le recomienda para generar ideas rápidas para nuevas exposiciones: a) Abrir el diccionario donde sea y poner un dedo al azar. b) Tomar la palabra en cuestión y hacer una búsqueda en Internet usando esa palabra precedida de “arte contemporáneo. c) Armar una lista preliminar de candidatos a partir de los nombres que surjan”.

A directores de museos les revela los secretos para lograr el éxito institucional, “La dirección de un museo es en esencia un cargo político, por lo que el director deberá actuar siempre como si estuviera en campaña y su comportamiento deberá seguir el formato del político común y corriente sin comprometerse en ningún momento con ningún plan en particular.
Deberá también conseguir patrocinadores”.

En esta ocasión presenta Artoons, libro de caricaturas en el que una vez más el humor es la base para revelar las prácticas más irónicas del sistema…

pablohelguera.net


::AUDIO::

Entrevista Pablo Helguera

—MVR